Como valenciano me sentí avergonzado (ya lo estaba desde hace años) de ver al President diciendo ‘me voy, inocente’… y mientras tanto se reía.
Se reía de nosotros, de la política, el noble arte de gobernar, de los imbéciles que le siguen como en una secta y le dan la mayoría absoluta, de los que nunca le hemos votado, de los que pagamos religiosamente los impuestos, de la gente que cree en la democracia y en la honestidad.
Me he equivocado: no son imbéciles los que le votan. Son terroristas, puesto que con el latrocinio que se han montado están aterrorizando a la población dejándola sin recursos, ni futuro ni esperanzas.
Y si como valenciano me sentí avergonzado, como europeo me he sentido aterrorizado de ver lo que el jugueteo con las corrientes fascistoides europeas puede acabar haciendo.
Las medias tintas de esta Europa que no acaba de despegar, la ignominia y la desvergüenza de los políticos responsables de legislar para evitar más genocidios como los alemanes o los yugoslavos.
Así nos va: la hija de una dictadura, colaboradora necesaria de la misma, es la que decide la política monetaria de una Europa que se dice democrática.
¿Políticos? Pseudo-políticos, advenedizos y sinvergüenzas. El simple hecho de que dos sus colaboradores hayan firmado ante el juez su culpabilidad debería ser suficiente para enterrar al President en la oscuridad más cerrada.
Pero no. Una auténtica apología de la corrupción se despliega por las bocas de sus defensores ¡y nadie dice nada!.
Si ya lo teníamos jodido con la deriva derechoide de los que se suponían de izquierdas, la que nos espera con los especialistas en la ‘técnica Prestige’ para la resolución de problemas: ¡mas madera!
Perdón: mas mierda…